septiembre 1, 2008 at 11:06 am (Uncategorized)

los filupendios pensian engangrenarse en revirución y claran por me; a los filupendios:

Me ensena d ingürio y sefernación uniferomonear con sotrovos pero no inferterire  en una revirución anaclista,  els anaclistas  sinuenan con meromundos macrilosos y cronopios amalables y benelovobos les uns para les trotos. En el vieromundo no ai cronopios benelovobos; aprehendelo Digopolicantro.

Un escupitajo; Alelenda Jandro

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Glíglico 1: Llamamiento

agosto 30, 2008 at 3:22 pm (Uncategorized)

A todos aquellos minúlicos que gubendan la fálgica huriosa, a todos mis vitusirios y mis calpendios cadalgantes, en especial a un cronopio que dicurará gubenias bandando la jenda, llamado Jandromero Alelenda Abejarro. Yo os flamago a crastompear el accino con ferrino de acejo! Burnaremos todo con xeninos de mioyos! Kilufiaremos el yuterio con debégilos mosetantes! Ñaparemos el reglevo con qabai! Minúlicos, Vitusirios, Calpendios, Cronopio! A la zemonia!!!!

Salego Dievanca Trago

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Ironías

julio 9, 2008 at 1:54 pm (Microrrelatos)

Creo que aquella noche fue la primera vez que vi en persona a Andrei Chekovski. Era un hombre alto, grande, aunque sería un error afirmar que era corpulento, ya que era más bien de complexión delgada, parecía fuerte. Su cabello cano, mayormente liso, rizándose en la nuca y ondulándose en las puntas; sus ojos color ámbar brillando significativamente tras sus ingrávidas gafas de montura al aire, su incipiente barba… todo se conjugaba en perfecta proporción dándole un aspecto salvaje e indómito. A mí se me asemejaba a un lobo.

Era un hombre realmente atractivo. Y digamos que contaba con ese magnetismo animal, esa atracción natural de la que otros hombres carecemos y que tanto atrae a las mujeres. Su forma de andar, majestuosa y fluida; su mirada, seductora y sosegada. Todo sumado a una personalidad fuerte y complicada (agresivo en los negocios, dulce y cálido en el amor, decían, además de difícil de engañar en ambos aspectos) y una mente férrea, noble y entrenada tanto moral como culturalmente. Vamos, un gran hombre.

Como se puede comprobar, aquel gran hombre me impresionó a simple vista. Él era uno de los referentes literarios de mi generación. Era escritor. De relatos cortos. Su obra es… sencillamente asombrosa. Sus relatos se basan en leyendas populares, pero a menudo encierran un significado filosófico propio. Chekovski transformaba esas leyendas del folklore de su Rusia natal en verdaderos vehículos hacia la reflexión existencial (La bruja Baba Yaga se convertía en Dostoievski filosofando con Sartre, que no era más que un pobre intérprete de balalaica que estaba a punto de ser devorado por la abuela del diablo). Desde luego, aquello era literatura elevada, complicada para las mentes más cerradas, que esperaban de aquellos cuentos un puro y simple entretenimiento. Aún recuerdo, después de tantos años, con una sonrisa en mis ya resecos labios, mis primeros intentos de emular a aquel maestro de la pluma. Realmente, gracias a aquellos intentos hoy estoy donde estoy.

Aquella noche era la cena de presentación del poemario de Frank Wilson “Metal cristalizado” (un peñazo de literatura lírica de carácter vanguardista cubista de principios de siglo, por lo que la “vanguardia” tenía de vanguardia lo que yo de transexual drogodependiente puesto de anfetaminas). Yo, por aquel entonces sólo un aprendiz, había ido acompañando a mi maestro, un reconocido novelista español, que había sido invitado porque a todos aquellos frívolos artistas y frívolos mecenas les encantaba la frívola literatura de mi frívolo maestro. A lo largo de toda la noche fui dándome ánimos para acercarme a hablar con Chekovski. Me decía: “Míralo, está a tres pasos de ti, adelante”, o “Seguro que no es una persona tan inaccesible, ¡éntrale ya!”, o también “Si quieres entablar relación con él, ¿qué haces ahí parado?”. Una de aquellas veces me acerqué lo suficiente como para hablarle, pero fingí haber tropezado y huí del lugar completamente sonrojado. Salí del salón, a tomar el aire, muerto de vergüenza y reprochándome aquella ignominia auto-infligida. Fui hacia el jardín. Era uno de esos jardines típicos que salen en las películas de universitarios estadounidenses, con sus setos, sus caminitos de gravilla y esas tonterías. No en vano nos encontrábamos en Brown.

Deambulé por entre los setos durante, aproximadamente, dos horas, perdiendo mi volátil y sólida con-ciencia en asuntos de vital importancia, como las divagaciones existenciales acerca de las alas de las hadas que se posan con suavidad sedosa sobre las frentes de los durmientes sátiros tras una noche de rituales báquicos desenfrenados en algún círculo mágico en el claro de un bosque, la divina ceguera del cansancio. En cuanto encontré un bendito banco que no estuviera ocupado tomé asiento pesadamente. Me encontraba yo cavilando, ensimismado en pensamientos tan absurdos como el mencionado anteriormente, cuando oí una voz. “¿Tienes fuego?” me preguntó. Alcé la vista. Una mujer preciosa era la responsable de aquellas palabras. Me apresuré a sacar el encendedor torpemente. Se me cayó al suelo. Entonces fue cuando cometí el error de escuchar aquella risa cristalina y entonces mi cúmulo energético interior que luchaba por explosionar desde que había comenzado a volverse inestable allá por mi adolescencia explotó (Little Bang? Qui le sait?). Recogí el mechero y le encendí el cigarrillo, aquel cilindro cancerígeno que acabaría llevando la muerte a sus hermosos pulmones. Se sentó a mi lado. Era como doce o trece años mayor que yo.

– ¿Cómo te llamas? – preguntó ella sin el menor interés.

– Frederick. Frederick Svensonn – respondí yo, visiblemente emocionado. Mi corazón palpitaba a cien, doscientos, mil, dos mil…

– ¿Cuántos años tienes?

– Eh… veintiséis.

– Ajá… Eres guapo, Freddy. ¿Te apetecería invitarme a algo? – dijo fríamente.

– C…claro.

– Bien, pues ven conmigo. Conozco un sitio estupendo para tomar unas copas justo aquí al lado.

– De acuerdo…

Ella se levantó y me levantó y me movió, tan sólo con decirme que le apetecía tomarse algo conmigo. En fin, yo era muy joven y ella ya tenía experiencia.

Cogimos el coche y fuimos a tomar algo a un motel que había en la carretera. Uno de esos que tenía un bar en el bajo, con billar, un demacrado e irónico blues como perfecta banda sonora y borrachos por todas partes. Entonces me empecé a cuestionar sobre los criterios de aquella mujer. Nos sentamos en la barra. Recuerdo que pidió una cerveza, por lo que yo pedí otra, a pesar de mi profunda repulsión hacia la cerveza americana, que realmente sabía como debía saber la orina de un seropositivo. Hablamos de todo un poco, de todas aquellas cosas que no merecían ni formar parte de una conversación interesante; hablamos de lo absurdo de la vida sin siquiera mencionarla. Ante todo me hizo contestar a mucho hablando poco. Cuando la conversación acabó en “Pidamos una habitación” me di cuenta de que sabía más bien poco de aquella mujer (por no decir nada: sólo sabía que se llamaba Megane) y de que su capacidad de manipulación y artería natural habían sido llevadas al más alto grado de perfección sublimada.

Al final pedimos la habitación. Subimos, yo un tanto cohibido y ella completamente resuelta. En cuanto abrió la puerta de la habitación me invitó a pasar. Ya dentro, me empujó sobre la cama y se desnudó sensualmente. También me desnudó a mí. Yo me perdí en sus curvas, demorando mis ojos y mis dedos en cada recoveco oculto entre la piel todavía tersa de aquella hermosa mujer. “Estás para comerte”, me dijo. Y eso hizo. Me devoró. Creo, con perdón de mi difunta esposa, que nunca lo he hecho de una manera tan salvaje como aquella. Nunca más. Quizás esa vez me marcó en las ocasiones posteriores. No lo sé.

Lo que sé es que cuando salimos de aquel motel de mala muerte, con el apetito satisfecho, la fiesta ya había acabado. Caminábamos juntos en absoluto silencio, el uno junto al otro sin pensar nada en plena tormenta cerebral. Y de repente dejé de notar a Megane a mi lado, pero no me percaté de su ausencia hasta unos minutos después. Entonces vi a Megane acercarse al señor Chekovski y besarle en los labios, abrazándolo amorosamente mientras sonreía de oreja a oreja, riendo los comentarios ingeniosos del que parecía su esposo. No pude creerlo. Yo, Frederick Svensonn, aprendiz de aprendiz de escritor, acababa de traicionar a mi héroe, a mi ídolo literario, acostándome con su esposa a pocos metros de él. ¿No deseaba tener relación con Andrei Chekovski? ¿Que relación más estrecha que compartir mujer? No pude hacer más que sonreír incrédulo e indignado a Megane. Mi maestro se acercó a mí. “¿Qué haces ahí pasmado, Frederick? ¿Dónde has estado?”, preguntó. Ignoré la pregunta y seguí con la mirada a Megane. Ella me miró fugazmente y, para mayor humillación y sorpresa mía, me lanzó un beso. Creo que aquella noche no pudo haber sido más absurda y surrealista. Mis últimos estudios sobre las capas altas de la atmósfera vital, de las “casualidades” (por llamarlas de alguna manera que todo el mundo lo entienda), parecen demostrar que El De Arriba disfruta enormemente del humor inglés. En fin, no hay de qué quejarse, ironías del destino…

Diego Salgado (Homo fractus)

P.D.: A ver si va publicando más gente que no sea yo… VAGOSSS!!!!!!!!!!!!!!!!! A CURRAAAAAAAAR DE UNA P**A VEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEZ!!!!!!!!! C*ño…

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aviso

junio 23, 2008 at 1:04 pm (Uncategorized)

Nuestro anhelado poemario XD saldrá en un libro de betanzos proxiammente

además habrá recital

bueno no es mucho el aviso pero bueno

jajajjajaj

p.d: este blog parece de broma

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“Las voces espontáneas no creamos poesía, sino POESIAH”, D.S.T., doctor en filupendios tastantálicos de Espontania

mayo 29, 2008 at 10:42 pm (Poesía)

Digo “P”

Y tu nombre viene a mí arrebatándome el aliento. Principios.

Digo “O”

Y la segunda me tumba, dejándome a tu merced. Omnipotencia.

Digo “E”

Y el aliento cálido de tu juventud me llama. Erotismo.

Digo “S”

Y la verdad en tus ojos se revela, amor y calor. Sentimiento es la palabra.

Digo “I”

Y en el nombre de Dios acabo el tuyo. Irracionalidad.

Digo “A”

Y ya empieza lo que muchos acaban a la mitad. Apocalipsis.

Digo “H”

Y te vuelves muda, y me vuelvo mudo y ciego y sordo y todo lo demás

Sólo para sentir tu contacto en mis sienes.

HAMOR con ache.

Diego Salgado Travanca

P.D.: Es un honor para mí estrenar el blog. Arriba las voces espontáneas! Aú!!

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